DOS VIAJECITOS

No habían pasado dos meses de nuestra llegada a Buenos Aires que ya estábamos preparando nuestro sufrido tándem para seguir pedaleando un poco más.

Esta vez con poco peso, sin trailer, embarcamos el tándem en el ferry a Colonia del Sacramento y salimos a recorrer por una semana las rutas uruguayas. Se acercaban las fiestas de fin de año, y queríamos aprovechar para adelantarnos a la masa de turistas que cruzan el Río de la Plata, por lo que el 22 de diciembre de 2008 estábamos llegando a Colonia y, después de una breve vuelta por el casco histórico, que ya habíamos visitado varias veces, emprendimos la ruta hacia el cercano balneario de Santa Ana. Los días siguientes recorrimos los pequeños y apacibles pueblos de esta zona de colonización europea: Rosario, Colonia Suiza, Colonia Valdense, hasta llegar a una ciudad de mediana importancia, San José de Mayo, dos días después. Por una ruta interior pasamos por Canelones hasta llegar a Atlántida, ya en la ruta interbalnearia que lleva a Punta del Este.

Desde allí, volvimos al Oeste hasta Montevideo, donde pasamos un par de días con nuestro amigos Pablo y Fernando. Antiguos viajes se juntaron aquí, a Pablo y a Fernando los habíamos conocido en Cuba, diez años antes, al término del viaje relatado en el libro “América en bicicleta”. Con Fernando y Pablo, ahora convertido en el diputado más joven de la historia del Uruguay, pasamos unos buenos momentos en la capital uruguaya, antes de volver a cruzar el río hacia la otra metrópoli del Plata. Habíamos sumado 500 kilómetros al castigado tándem Roselli.
Ver las fotos del recorrido por Uruguay.

POR LOS VALLES CALCHAQUÍES
Unos días después, empezado 2009, volvimos a las rutas. Esta vez, después de mucho tiempo viajando exclusivamente en tándem, cada uno con su bicicleta. El recorrido elegido fue en el norte del país, uniendo las capitales de las provincias de Salta y Tucumán por los Valles Calchaquíes. Una zona con hermosos paisajes, algunas subidas bravas y mucha historia.

Para ahorrar tiempo y sin que hubiera tanta diferencia de dinero, fuimos en avión transportando las bicicletas en bolsos, un orden que no habíamos tenido oportunidad de experimentar todas las veces en que debimos subir nuestro tándem a los aviones que tomamos para cruzar océanos y hacer algunos enlaces en el viaje por el mundo. Llegamos así a la ciudad de Salta, cuyo aeropuerto está a unos 20 km. de distancia. Un día de calor, pero que se transformó en una copiosa lluvia al día siguiente que alteró nuestros planes, por lo que debimos quedarnos un día más en la ciudad.

Aprovechamos para visitar, entre otras cosas, el Museo de Arqueología de Alta Montaña, un cuidado museo donde se exhiben las momias del Llullaillaco, los restos momificados de cuatro niños y adolescentes incaicos sacrificados en lo alto de una de las montañas más altas de los Andes, en tiempos prehispánicos. El museo tiene todos los adelantos tecnológicos que garantizan la conservación, advirtiendo a los visitantes sobre lo que se exhibe y en un tono respetuoso hacia las tradiciones culturales y religiosas de los descendientes de los pueblos originarios de la zona, lo que no impidió una gran polémica con las comunidades indígenas que cuestionan el retiro de los cuerpos del lugar donde habían sido depositados en una ceremonia religiosa hace más de cinco siglos.

Al día siguiente el clima mejoró y salimos a la ruta 68 rumbo a Cafayate. Una ruta bastante llana aunque con una tendencia ascendente. Los últimos kilómetros se hicieron ventosos y al llegar a La Viña, en una etapa de unos 100 km., paramos a pasar la noche en un albergue municipal donde encontramos a otros dos ciclistas. Dormimos con las bolsas de dormir bajo un alero.La jornada siguiente nos adentró en las montañas. La ruta se volvió más seca y se adentró en el valle de Cafayate pasando un poblado llamado Talapampa. Al avanzar los kilómetros, las formaciones rocosas características de la zona se hicieron notar, conformando formas caprichosas que constituyen las atracciones turísticas del camino. Llegamos a Cafayate al atardecer. Descansamos un día allí, un centro turístico regional.

En otra etapa recorrimos el valle de Tolombón, Colalao del Valle y llegamos a las ruinas de la ciudadela de los indios Quilmes, el teatro de una de las más encarnizadas resistencias al conquistador español de toda la zona andina. Es conocida la historia de la rebelión calchaquí, por la que los indios Quilmes fueron deportados a la localidad ahora llamada con su nombre al sur de Buenos Aires, donde perecieron todos poco tiempo después. Sin embargo, las comunidades de la zona desmienten esta versión negando su final, asegurando que hay descendientes de aquellos Quilmes, tanto en la zona como en la propia localidad del Gran Buenos Aires, y se encuentran ocupando las ruinas para recibir a los turistas, contar esta otra versión de la historia y explotarlas turísticamente, de una forma más justa y menos agresiva que los emprendimientos anteriores que construyeron adefesios entre las viejas murallas.

Llegamos así a Amaicha del Valle, desde la que al otro día empezamos el ascenso del Abra del Infiernillo, una subida de 33 kilómetros y 1100 metros de desnivel. Al llegar a la cima, encontramos algunas llamas y un clima nublado y frío. El descenso nos llevó en poco tiempo a Tafí del Valle, desde donde seguimos bajando hasta San Miguel de Tucumán, en la etapa más larga de este corto viaje. Llegamos a San Miguel con lluvia, después de pedalear 125 km, con tiempo para dar una pequeña vuelta por la ciudad, fotografiar la casa de la Independencia y llegar al aeropuerto para tomar el avión de vuelta a Buenos Aires. Otros 500 kilómetros en total, sumando unos 1000 entre los dos cortos viajes.
Ver las fotos del recorrido por Salta y Tucumán.

















































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